Los volcanes son metáforas del tiempo y traen consigo la tensión que se genera entre la contemplación y la fascinación. Para esta obra, Felipe Barreiro parte de la imagen del volcán Fagradalsfjall —en Islandia, un lugar que ha sido destino de quienes desean presenciar cómo la tierra se moviliza frente a ellos. En su propuesta el artista presenta una mirada colectiva que se genera frente a la erupción de este volcán.
A lo largo de los años, Barreiro ha desarrollado una serie de piezas en formatos pequeño o más contenidos, cada una abordando el motivo del volcán como obras autónomas dentro de una serie que demuestra la obsesión propia de la fascinación visual. Esta pieza se distingue por su escala: es la obra más grande que ha realizado hasta la fecha, un hito en su práctica que hasta ahora articula piezas de pequeños y medianos formatos.
El volcán funciona como símbolo de transformación de la materia, como lo evidencia el magma que cambia de estado. Nos presenta la idea del tiempo expandido, de la tensión entre lo humano y lo monumental. Desde la tradición del paisaje romántico, el volcán ha sido emblema de lo sublime: de una belleza atemorizante que carga una presencia dominante y misteriosa.
Barreiro incorpora este legado, pero lo hace desde el gesto del dibujo contemporáneo: parte de imágenes periodísticas o digitales que él observa, reelabora y traduce al dibujo. Lo cotidiano-visual deviene escena amplia, meditativa y llena de detalle.
En Fagradalsfjall, la multitud, que se ve minúscula, observa el volcán y vive su erupción. Todo ello convoca a pensar que este paisaje no es fondo para ser observado, sino sujeto activo caracterizado por el cambio. Su imagen condensa lo que fascina y lo que amenaza, como en la tradición del paisaje romántico, donde lo sublime aparece entre la grandeza y el temor.