Esta muestra parte de una pregunta sobre la naturaleza misma de la imagen. Si, como planteaba Kandinsky, la composición visual se estructura a partir del punto, la línea y el plano, este proyecto propone imaginar un cuarto elemento: el cubo. En esa progresión dimensional, el plano corresponde al dominio de la imagen, mientras que el cubo pertenece al del objeto. La exposición explora el umbral entre ambos. A través de impresiones en risografía fragmentadas en múltiples escalas, una imagen, manos sosteniendo una flor, se descompone en una serie de partes que solo adquieren sentido en relación con otras.
Los bloques de papel invitan a rasgar y llevar consigo un fragmento. Ese gesto introduce al cuerpo en la lógica de la imagen: verla ya no es únicamente observarla, sino también intervenirla. Al separarse del conjunto, cada fragmento adquiere una escala propia y se transforma en objeto. Así, la imagen no permanece fija en el plano, sino que se desplaza entre lo bidimensional y lo tridimensional a través de la acción del espectador. En este tránsito, la imagen recupera su materialidad y su condición de gesto compartido.