La pintura de Daniel Valencia está cargada de complejidades. En ella la imagen no llega a un punto definitivo: se construye, se superpone y se entremezcla y sus propias formas dialogan. Detrás de esa inquietud hay una activa relación con el oficio y una pregunta constante por la capacidad de la imagen, cómo se arma, qué se esconde en sus capas, qué ocurre cuando una referencia se cruza con otra en un mismo plano.
Fuego en mi mente toma su nombre del álbum de Joe Arroyo publicado por Discos Fuentes en 1988. Este disco pertenece a la época en que Arroyo ya había fundado un sonido propio, cruzando la salsa con los ritmos afrocaribeños y afrocolombianos de la costa. En la serie de pinturas de Valencia, el Joe aparece casi como un extraño santo patrono: una figura que atraviesa con insistencia el imaginario del artista. Quien se pregunta por la melodía, el contexto, las asociaciones que una canción permite y, sobre todo, las imágenes que se crean cuando escuchamos.
De ahí arranca un particular ejercicio de archivo. Daniel recolecta imágenes, las guarda, las observa y deja que entren en nuevas relaciones visuales. Algunas vienen de un archivo personal, otras las fabrica él mismo a partir de una interpretación. Entre unas y otras construye un territorio donde la pintura empieza a comportarse como un collage: una imagen se encuentra con otra, una referencia histórica se cruza con una canción, una figura reconocible aparece junto a algo que no terminamos de identificar. Por su lado, el rojo ocupa un lugar central en esa búsqueda. En su estudio, Daniel mira hacia la tradición barroca con la pregunta sobre las apariciones con luz, color y oscuridad. Empiezan a asomar entonces referencias bíblicas, místicas e históricas como guiños: fragmentos de una tradición visual que se intercalan, se superponen y se contaminan entre sí.
Hay en ello una lógica casi caníbal. Las referencias se devoran unas a otras: la música produce imágenes, las imágenes convocan otras imágenes, la historia del arte se enfrenta con el archivo personal y con aquello que Daniel vuelve a fabricar desde la pintura. Cada capa modifica la anterior, creando una narrativa y borrándola a la vez.
Así pues, frente al bombardeo contemporáneo de imágenes, este procedimiento propone otra velocidad. Lo que pinta Daniel tiene algo artesanal: se detiene sobre las imágenes para desmontarlas y rehacerlas. Por eso lo que vemos en sus pinturas nunca termina de resolverse. Siempre queda algo por debajo, algo que apenas aparece, algo que no alcanzamos a reconocer. La imagen, así, no se contiene: se desborda en información, en lenguaje y en asociaciones.
Fuego en mi mente es, al final, una exploración sobre cómo una imagen puede seguir ocurriendo después de haber sido pintada. Una canción puede volverse color, una imagen encontrada puede volverse otra, una referencia barroca puede convivir con Joe Arroyo. Así, esta serie de pintura abre relaciones como melodías que no dejan de sonar. Su misterio abre muchas posibilidades de lectura. Lo que se ve y lo que no se conviven en una suerte de teatro de la imagen, donde cada elemento conduce a más de una sola lectura. Reconocemos algo y, en el mismo gesto, descubrimos que aquello que veíamos, se transformó.