La historia como ecos en una cueva, la pregunta por la muerte y el ciclo de la vida, el mirar al pasado como la repetición de una luz curuba que baña la montaña cada que se pone el sol. En esa repetición yace el encuentro con objetos, lugares y materiales que conservan el pasado, como un vehículo de la experiencia. Preguntas frente a la protección y la muerte, el encuentro con un relieve fenicio y el ejercicio de repetirlo pictóricamente, así como se replica esta puerta para hacer portable la protección.
La pintura como una marca sobre el soporte. El testigo de un cuerpo que a través del tiempo generó imagen, una imagen que miente y que ficciona. La pintura es una herramienta para capturar un acontecimiento a partir de una sensación. Entre figuras, telas y sombras, se encarna un ejercicio antiguo. Lo vemos en la estela que traza una bandada de aves al descender en sincronía, instintiva e inevitablemente hacia la tierra, hacia su muerte. Como los rastros de las estrellas de hoy. Lo que ya murió, pero que aún no lo sabemos.
Por otro lado, existe la repetición en las figuras, la mano que pertenece a nuestra unidad, la concha que se encoca y alberga y la oreja que recibe. Es un dispositivo. Si la concha se acerca a la oreja, se escucha el flujo del mar como la palpitación de la sangre. Un solo cuerpo. Un organismo. El ensamblaje, el peso del cuerpo tanto vivo como muerto y que al morir, se intensifica. Los pesos de un móvil que tiene que mantenerse en equilibrio.
A su vez está la representación de un cuerpo que regresa a conformar las colinas, a imitarlas. Y nuevamente la mano como una colina, como un cuerpo bajo la manta o bajo la tierra. Hacer lugar para la aparición del conocimiento. Conocimiento intrínseco. Como cuando los pájaros vuelan en formas o como cuando las flores deciden cerrarse al ponerse el sol.
Dos pesos
Dos luces
Dos guías
Una pluma y una piedra
Agradecimientos: Juan Atahualpa, Juanita Nieto.
Piezas de metal en colaboración con Sol Espinosa.