Llevamos siglos escarbando el suelo, moviendo la tierra para enterrar semillas, esperando a que de su centro brote el alma y se transforme. Son siglos inventando rituales para celebrar los frutos que yacen indestructibles en las capas de la tierra. La semilla representa una conexión cósmica que existe entre la tierra, la vida y el universo, funciona como un mecanismo de repetición, cíclico y análogo que inevitablemente está incorporado a nuestro cuerpo.
En 2020 empecé a recoger los vestigios del alimento que quedaban atrapados en la rejilla del sifón. Un ejercicio aleatorio de selección de semillas que me llegaban de los municipios aledaños a mi lugar de residencia en ese momento: Cartagena.
A partir de esa mecánica de selección construí un diario personal. Se convirtió en un retrato de la exploración mutua entre mi cuerpo y la tierra a través de la fotografía. Con los días empezaron a secarse sobre una mesa de madera en el balcón, se arrugaban, cambiaban de color, se volvían otra cosa. Más allá de su valor reproductivo y de lo que podía ser su anhelo por volver a la tierra, sus formas me mostraban tensiones, fricciones y ambigüedades. La transformación permanente y rápidamente visible de las semillas me acercaba a su materialidad y se me hacía evidente en el proceso de escaneo donde la huella del polvo se manifi esta en la serie Semillas.
Isabella Bernal
Artista